El
teléfono sonaba incesante, la luz que entraba por entre las hendijas y las
mechas de mi cabello sobre los ojos difuminaban la atmósfera cuando con mi mano
derecha encontré una suave, tibia y rosada figura recostada junto a mí en la
cama. Me construí hacia ella conjugando verbos hasta que encontré el adecuado y
la abrace sobre la cintura, gimió delicadamente y levanto los parpados
amarillos, sus pechos eran de gran tamaño y sobre el muslo izquierdo llevaba
tatuado unas flores silvestres en un
gris difuminado que se perdía en el bagaje desconcertado de la irrealidad
relatada por las palabras sobre la hoja que leía yo sobre el escritorio, a unos
cinco metros de la cama y la mujer.
Mi
oficio de escritor resultaba cada vez más subversivo, cada vez que escribía
algo sobre un papel la realidad se
enmudecía y de mis manos la tinta brotaba como sangre, como si yo mismo
estuviese hecho de ella, la cuestión es tal que al colocar la hoja y disparar
algunas líneas sobre la hoja, el cuarto de la
habitación, la imagen del cuarto,
según el veredicto que dan mis ojos,
se volvía como la superficie de un lago que es abatido dulce y delicadamente
por el saltar de una piedrilla. La aglomeración de anormalidades era
súbita. La noche anterior había sido la
mujer y uno de mis propios personajes durmiendo y soñando con otra mujer dentro
de otra postal que se perdía en otra máquina de escribir muy diferente a la
mía.
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