lunes, 14 de octubre de 2013

Refractario III

El teléfono sonaba incesante,  la luz  que entraba por entre las hendijas y las mechas de mi cabello sobre los ojos difuminaban la atmósfera cuando con mi mano derecha encontré una suave, tibia y rosada figura recostada junto a mí en la cama. Me construí hacia ella conjugando verbos hasta que encontré el adecuado y la abrace sobre la cintura, gimió delicadamente y levanto los parpados amarillos, sus pechos eran de gran tamaño y sobre el muslo izquierdo llevaba tatuado unas flores silvestres  en un gris difuminado que se perdía en el bagaje desconcertado de la irrealidad relatada por las palabras sobre la hoja que leía yo sobre el escritorio, a unos cinco metros de la cama y la mujer. 

Mi oficio de escritor resultaba cada vez más subversivo, cada vez que escribía algo sobre un papel la realidad se enmudecía y de mis manos la tinta brotaba como sangre, como si yo mismo estuviese hecho de ella, la cuestión es tal que al colocar la hoja y disparar algunas líneas sobre la hoja, el cuarto de la habitación, la imagen del cuarto, según el veredicto que dan mis ojos, se volvía como la superficie de un lago que es abatido dulce y delicadamente por el saltar de una piedrilla. La aglomeración de anormalidades era súbita.  La noche anterior había sido la mujer y uno de mis propios personajes durmiendo y soñando con otra mujer dentro de otra postal que se perdía en otra máquina de escribir muy diferente a la mía. 

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