Me das ganas,
tantas ganas tengo ahora que estamos tan lejos
y somos tan pobres.
Circunstancia no menos importante. No tenemos nada,
solamente nos tenemos. Entendiendo ese tener, como un sostener
que es encomendado a nuestras ganas de establecer como condición indispensable
el movimiento. El versátil movimiento de los ríos que nos fluyen del vientre a la cama,
a la vida. A nuestros hijos etéreos... al tiempo.
Somos tan pobres y estamos tan acompañados de todas las cosas. Y nadie que no sepa
de polvos y caminos puede decir que nos quedamos quietos.
Y rodamos por las avenidas y los paseos, con las manos vacías y los corazones perdidamente
enamorados vamos, y vamos tremendamente hacia el polvo mismo, a la explosión,
a la consumación de nuestras tristezas,
con las ganas intactas y el tacto alerta, con la mollera sensible aun sobre en la cabeza
que prefiero cubrir con mi boina
mientras te hago el amor con el corazón y todos los sentidos despiertos
o alcoholizados,
siempre el corazón...
siempre entre nuestras piernas pobres de tierra,
con las manos de pan,
con los labios dulces de duraznos...
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