Me
senté frente a la máquina de escribir,
era lo único que podía hacer en ese
momento.
Precipitado me volví débilmente
hacia la palabra y confié en ella.
En cada palabra dejaba fluir y sentenciar lo
que mis laberintos circulares pretendían disipar en la ausente noche de
luciérnagas amarillas.
Centellares de farolas sonaban reprochantes como el saxo
furioso en los labios de Charlie Parker,
la difuminada ciénaga me devoraba las rodillas y una lluvia de mujeres desnudas
en genocidio del silencio silábico manchaban el rincón grisoscuro en el margen inferior
derecho del trozo de habitación
en donde se fijaban mis ojos. La pensión de San
Telmo, en la capital de Buenos Aires me mantenía presidiario de mis manos
temblorosas. Lo único que acudía mi pasión era tocar el brazo que sostenía la
púa sobre en vinilo y juntos nos apoyábamos para desafiar el vicioso silencio
de la habitación 18.
Crujía la escalera y sudaba ansioso de volarme la cabeza, de
pronto sentí las manos de ella acariciándome, una el cuello y la otra
deslizándose hacia la parte alta de mi camisa Yves Saint Laurent y prosiguió con la hebilla del cinturón; entre
la línea que separa la ficción de la realidad, ardiente estaba ella con su
busto rosado de rodillas entre mi máquina y yo...
La intervención del narrador hizo de la escena
una inconclusa fuga de aire que se disipo dejando solo el perfume de la hermosa
mujer sobre el texto...
Excelente arte de un texto con mucho "movimiento", sensualidad y literatura. Felicitaciones.
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