La sensualidad de su espalda era tan blanca como su espada
que no por eso dejaba de ser hembra y hermosa
para ser madre
y madura era la condición de su vientre chato y fornido
cuales pechos que cuelgan al borde de un diluvio lácteo
yacía sobre mí la mujer yo que estaba amando
y por detrás de sus esmeraldas rojas
su amor, y
ella
me amaban también.
No hay comentarios:
Publicar un comentario